No, no acusé [a Elena Poniatowska] de plagio

publicado el 15 de septiembre de 2008 en «Milenio Diario»
columna: «la calle»

 

Un video subido a YouTube me obliga a aclarar un asunto, espero que por última vez: No, no, yo no demandé a Elena Poniatowska por plagio, como se le dijo al término de una conferencia en Estocolmo. Le pedí, hace 11 años, desde nexos de octubre, que corrigiera varias decenas de citas que señalé con página y párrafo, puntualmente. No la podía demandar por plagio porque la autoricé a citar el manuscrito de mi relato sobre el 68, Los días y los años. Ocurrió así: en 1970 yo, aún preso, tenía concluido mi relato. Elena iba a Lecumberri a entrevistarnos a los presos para escribir su crónica La noche de Tlatelolco. Debía basarse en entrevistas porque, no habiendo conocido los hechos sino por los relatos deformados de la prensa de entonces y las conversaciones con su hijo mayor, que le contaba la parte más divertida, debió partir de lo que los dirigentes y otros participantes le informáramos.

Replica en Estocolmo, y con razón, que me tardé 30 años en pedirle esas precisiones. Lo repito: así fue. Me tardé porque, como tanta gente ahora, sentía absoluta veneración por Elena y un proceso, llamado por Freud "represión", me hizo olvidar que, desde mi primera lectura de su crónica, había observado inexactitudes. No les había dado importancia. Y aunque hubiera querido responderlas, estaba preso y no tenía voz alguna en la prensa. Elena era conocida por su columna de entrevistas en Novedades. Lo olvidé.

Pero la figura de Elena se me comenzó a derrumbar: la primera piedra la quitó Carlos Monsiváis: yo, como muchos lectores, creí por años que la dedicatoria de su narración "A Jan. 1947-1968" significaba que su hermano Jan había muerto a causa de lo que Elena relata en ese libro. Monsiváis, esa fuente de información variopinta, me hizo saber que Jan había muerto en un accidente de carretera sin relación alguna con Tlatelolco. No me gustó porque vi que Elena, sin mentir, se acercaba peligrosamente a la delgada línea roja de la deshonestidad intelectual.

Luego comencé a leerla con un "Ay, Elena", que se fue transformando en un "¡Aaay Eleeenaa!" al verla hacer cabriolas para quedar bien con la gayola que la aplaude a rabiar. Mi ruptura definitiva vino cuando atacó injustamente a un entonces desconocido José Woldenberg sin haber siquiera leído lo que citaba (como me reconoció ella) y sin disculparse con él cuando la convencí de su error garrafal [leer Erotismo, sexualidad e intelectuales; El affaire Poniatowska — Woldenberg]. El capítulo de La presidencia imperial, de Enrique Krauze, acerca del presidente Díaz Ordaz, donde me atribuye un lenguaje tan cursi que me sonrojé, me llevó a descubrir que Krauze no me citaba directamente, sino tomado del libro de Elena. Lo releí completo.

Ya sin el mecanismo de defensa freudiano de mi adoración por la frágil, delicada y afable Elena, subrayé todos los errores y le pedí corregirlos. Ella y nuestros comunes editores, ERA, se negaron y lo exigí por vía legal. Gané la demanda y la versión de su crónica hoy disponible mejoró mucho.

Elena se ha seguido hundiendo en un mar de pensamiento trivial y ha enseñado a sus lectores a practicarlo: es su peor daño al país. Se opuso a que un McDonald’s abriera en Oaxaca diciendo que hacían sus hamburguesas con carne "de gata desvelada y de rata de alcantarilla". Deseaba la demanda por calumnia que, viniendo de una transnacional, habría sido su coronación como Virgen de Guadalupe de ciertos mochos que se creen de "izquierda" y son de derecha. El cálculo más sencillo hace ver que resultaría más cara la tonelada de carne de rata que la de res. En cambio, al taquero y a la seño del mole negro sí que les resuelve la venta del día el cadáver de un perro atropellado. Elemental, Elena.

En resumen: se ofreció a sacar de Lecumberri mi manuscrito, luego me pidió autorización para tomar citas y se la di. No hubo pues plagio. Pero no autoricé los cambios que hizo, algunos graves, como poner a relatar la llegada del Ejército a Tlatelolco al miembro del CNH que no la vio. Esa página la eliminó en la edición corregida. Las otras correcciones las hizo, todas, y su libro ganó mucho como fuente histórica confiable.

Pepe Revueltas

Una nota sobre la nueva edición de Los días y los años, ahora en Planeta, señala que escribí ese relato bajo la supervisión de José Revueltas. Es falso. Pepe estaba en otra crujía y las visitas entre presos se prohibían. Le pasé el manuscrito completo a través de la reja y, en lo que escribió un largo y hermoso ensayo, mi libro ya se estaba imprimiendo.

 



Nota: Si llegaste a este artículo buscando información acerca de Elena Poniatowska, seguramente también te interesará leer: De intelectuales y cheques de la Presidencia.

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